La primera hora perdida que Iria restauró pesaba lo mismo que un gorrión muerto y olía a domingo por la tarde.
La había encontrado en el anaquel más bajo del ala norte, entre un tomo de esperas en salas de hospital y otro de colas frente a ventanillas cerradas. El lomo estaba roto, las guardas comidas por la humedad, y en la portada alguien había escrito con letra temblorosa: Martes, 16:00 a 17:00. Mirando la lluvia sin pensar en nada. Iria pasó la yema del dedo por el título y sintió, como siempre, un pequeño tirón detrás del ombligo, igual que cuando una escalera tiene un peldaño menos de lo que esperas.
—No las leas —le había advertido el maestro Anselmo el primer día—. Las coses, las limpias, les cambias el cordel. Pero no las lees. Lo que hay dentro no es tuyo.
En Vallesombra todo el mundo sabía que las horas desperdiciadas no desaparecían. Se iban despacio, como el agua por una grieta, y acababan aquí, en los sótanos de la biblioteca, encuadernadas en piel gris y ordenadas por un sistema que solo Anselmo parecía comprender. Había pasillos enteros dedicados a insomnios, galerías de tardes de resaca, una sala circular donde se apilaban los minutos que los enamorados pasaban mirando un teléfono que no sonaba.
Iria llevaba tres años de aprendiza. Sabía preparar la cola de conejo, sabía coser a la greca, sabía distinguir por el tacto una hora de aburrimiento de una hora de miedo. Lo que no sabía era por qué, aquella noche, el tomo que tenía entre las manos llevaba en la contraportada un nombre que conocía mejor que el suyo.
Elena Varela.
Su madre.
Iria dejó el libro sobre la mesa de trabajo como si quemara. La lámpara de aceite parpadeó. En el pasillo, los relojes de pared que nadie daba cuerda siguieron marcando sus horas equivocadas, cada uno a su ritmo, cada uno mintiendo de una manera distinta.
Elena Varela no había desperdiciado una hora en su vida. Eso decía todo el mundo, y era verdad: madrugaba antes que los panaderos, cosía por las noches, contaba los minutos como otros cuentan monedas. Y una mañana de octubre, siete años atrás, había salido a comprar hilo y no había vuelto.
Iria abrió el tomo por la primera página. Estaba en blanco. La segunda, también. En la tercera, con la misma letra temblorosa de la portada, alguien había escrito una sola línea:
Esta hora no la perdió. Se la quitaron.
Debajo había una firma, y la tinta todavía estaba húmeda.